A pesar de la lejanía de la anterior visita nunca nos resulta cansador ni el viaje ni la espera de transporte ni el transcurrir de tiempos muertos.
Ir desde nuestro lar a San Isidro, recorrer sus viejas calles empedradas algunas, ese ámbito tranquilo de tiempo detenido rasgado solo por trinos de pájaros y algún que otro auto circulando casi en puntas de pie, despeja baja tensiones abre el espíritu al goce verde de casonas centenarias del museo las barrancas la hermoseada catedral con su adjunta plaza y artesanos algunos auténticos otros de buen gusto solo que mercantil y bajando hacia el río tomar el trencito casi un tranvía y desembocar en el Tigre caminar y caminar entre puestos y negocios que maravillan siempre con nuevas ideas y paseo por ríos chicos y grandes comer lo necesario el mate amargo infaltable y tarde noche pegar la vuelta sin cansancio pues fue todo un gozo.
Bello y sosegado día...
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